martes, 16 de junio de 2009

Una batalla periodística contra la parálisis social; AGA

Por: Lorena Frankenburg

Ni noticias indignantes, ni revelaciones asombrosas, ni descubrimientos terribles logran despertarnos de años de letargo social.
¿Qué necesitamos ver y escuchar para empezar a indignarnos? ¿Vivir en carne propia la muerte de un hijo por una sobredosis? ¿Sufrir angustia y dolor por esa llamada telefónica que deseamos nunca recibir?
Son las preguntas que me planteo después de sopesar algunas opiniones de café sobre las revelaciones contundentes de Mauricio Fernández, las cuales ponen al descubierto la miseria política y social en la que estamos enfrascados.
No logro recuperarme del asombro ante las reacciones cómodas de aquellos que se pierden en la forma de las denuncias, para negarse a reconocer que el fondo nos involucra en el error. Y que el aferrarnos a ignorar nos hace aceptar veladamente lo más vergonzoso de la realidad social.
En mi calidad de ciudadana sensible y de académica en el área de medios de comunicación, puedo reconocer lo que es noticioso, lo que vale la pena difundir y lo que es de interés público.
Estamos perdidos en la disyuntiva de la doble moral. Para unos, la ética periodística sólo debe aplicarse para denunciar al enemigo, pero nunca cuando está en juego la reputación del pariente, el socio o el compadre. Es un coctel en el que cada quien selecciona sus propios ingredientes y se siente capacitado para juzgar diferenciadamente la ética del sustento noticioso.
Agradezco que existan esos pocos periodistas mexicanos capaces de despojarse de todo compromiso para intentar abrirnos los ojos ante la insolencia de los políticos fallidos, los actos denigrantes y los gobernantes sin vergüenza.
Pero celebro aún más que existan esos valientes que hartos de vivir en un país de impunidad, ponen de manifiesto atrocidades que se platican "sólo con los cuates" y se pactan en lo "oscurito".
No debiera ser una novedad que, como principio básico, el funcionario público esté sujeto al escrutinio y a la rendición de cuentas. Y que todo, absolutamente todo lo que tenga que ver con el uso del erario, los acuerdos hechos por los servidores públicos y el doble discurso de las propuestas de los candidatos electorales, siempre sea del interés de la ciudadanía y, por ende, de la vocación periodística.
Exhorto encarecidamente a esta sociedad a dar valor, pero sobre todo, a apoyar al puñado de hombres y mujeres valientes que no se sosiegan por el miedo y empiezan a llamar a las cosas por su nombre.
La gran pregunta a todos aquellos que se pierden en la forma y que caen en la trampa de los que provocan el desvío de atención de los verdaderos problemas es ésta: ¿preferimos vivir con la impunidad y en la ignorancia o empezar a involucrarnos con conocimiento de causa?
Lo primero nos hace habitantes de una zona de confort, lo segundo nos responsabiliza como ciudadanos que heredarán un país mejor a las futuras generaciones.
Estoy convencida de que vivimos un momento histórico, en lo político y lo social, que nos hace colgarnos del atrevimiento periodístico de un reducido número de hombres y mujeres.
Estoy convencida de que necesitamos esa denuncia, de otra forma callada, de las voces impunes de la corrupción y la doble moral. Actos heroicos cuyos resultados nos llaman desesperadamente a despertar, a ser proactivos, a involucrarnos, a empezar a exigir y ser parte de la solución.
Cuando ese tiempo llegue y hayamos salido de nuestra parálisis social, ya no habrá más Mauricios a los cuales grabar.

En ese momento, el periodismo se verá obligado a redefinir sus formas.

En ese momento, los ciudadanos empezaremos a hacer lo que nos toca.

En ese momento, la transparencia no dará cabida a la disyuntiva ética.

En ese momento, también, comenzaremos a funcionar como sociedad.

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