domingo, 20 de septiembre de 2009

Llamado a hablar mal de México*

DENISE DRESSER

Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto?
Sí. Habrá el canto sobre los tiempos oscuros.
Bertolt Brecht





Hace unos días, el presidente Felipe Calderón criticó a los críticos y convocó a hablar bien de México: "Hablar bien de México, de las ventajas que México tiene… es la manera de construir, precisamente, el futuro del país". Y de allí, siguiendo su propio exhorto, pasó a congratularse porque la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes aquí es más baja que en Colombia, Brasil, El Salvador o Nueva Orleáns. Las ventajas de México quedarán claras cuando decidamos hablar bien del país, concluyó.

Escribo ahora para pedirte –lector o lectora– que hagas exactamente lo contrario a lo que el Presidente exige. Escribo ahora para recordarte que el estoicismo, la resignación, la complicidad, el silencio, y la impasibilidad de tantos explican por qué un país tan majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. Es la tarea del ciudadano, como lo apuntaba Günter Grass, vivir con la boca abierta. Hablar bien de los ríos claros y transparentes, pero hablar mal de los políticos opacos y tramposos; hablar bien de los árboles erguidos y frondosos pero hablar mal de las instituciones torcidas y corrompidas; hablar bien del país pero hablar mal de quienes se lo han embolsado.

El oficio de ser un buen ciudadano parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de mostrar que somos mejores que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. De vivir anclado en la indignación permanente: criticando, proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Porque hay pocas cosas peores –como lo advertía Martin Luther King– que el apabullante silencio de la gente buena. Ser ciudadano requiere entender que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a través de la crítica.

Ahora bien, ser un buen ciudadano en México no es una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de quienes te exigen que te pases el alto, cuando insistes en pararte allí. Implica resistir las burlas de quienes te rodean cuando admites que pagas impuestos, porque lo consideras una obligación moral. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios.

Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, cuando algunos hombres sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su sufrimiento padecer la humillación de presenciarlo. Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Por ello se vuelve fundamental seguir denunciando las casas de Arturo Montiel y los pasaportes falsos de Raúl Salinas de Gortari y las mentiras de Mario Marín y los abusos de Carlos Romero Deschamps y el escandaloso Partido Verde y los niños muertos de la guardería ABC y los cinco millones de pobres más.


No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y plañidero o erigirse en la Casandra que nadie quiere oír. No se trata de llevar a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un buen ciudadano busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o fundando una ONG para lidiar con él.


Ser un buen ciudadano en México es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de creer en algo profundamente y estar dispuesto a convencer a los demás sobre ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrección política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería George Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.


Quienes hacen suyo el oficio de disentir no están en busca del avance material, del avance personal o de una relación cercana con un diputado o un delegado o un presidente municipal o un Secretario de Estado o un Presidente. Viven en ese lugar habitado por quienes entienden que ningún poder es demasiado grande para ser criticado. El oficio de ser incómodo no trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe ser invitada, o el colaborador de una revista a la cual le recortan la publicidad.

Pero el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o Presidentes porristas. La tarea que le toca –te toca– precisamente es la de desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado. No es una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que no tienen quién los represente, escribe Edward Said. Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Aunque la voz del crítico es solitaria, adquiere resonancia en la medida en la que es capaz de articular la realidad de un movimiento o las aspiraciones de un grupo. Es una voz que nos recuerda aquello que está escrito en la tumba de Sigmund Freud en Viena: "la voz de la razón es pequeña pero muy persistente".

Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una forma de abastecer la esperanza en el país posible. Hablar mal de México se vuelve una forma de aspirar al país mejor.

Esta es una posición vital extraordinariamente útil pero heterodoxa en un lugar que cambia pero muy lentamente debido a la complicidad de sus habitantes y sus gobernantes. Porque hay tantos que parten de la premisa: "así es México". Tantos que parten de la inevitabilidad. Tantos que parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: "Y si no somos todos estoicos e impasibles –como Juárez y Cuauhtémoc– al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad". Allí está nuestro conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra propensión a compararnos hacia abajo y congratularnos –como lo hace Felipe Calderón– porque por lo menos México no es tan violento como la ciudad de Nueva Orleáns.

Ante esa propensión al conformismo te invito a hablar mal de México. A formar parte de los ciudadanos que se rehúsan a aceptar la lógica compartida del "por lo menos". A los que ejercen a cabalidad el oficio de la ciudadanía crítica. A los que alzan un espejo para que un país pueda verse a sí mismo tal y como es. A los que dicen "no". A los que resisten el uso arbitrario de la autoridad. A los que asumen el reto de la inteligencia libre. A los que piensan diferente. A los que declaran que el emperador está desnudo. A los que se involucran en causas y en temas y en movimientos más grandes que sí mismos. A los que en tiempos de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. A los que se niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. A los que critican a México porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer llamó "el esplendor ausente". A los que cantan en la oscuridad porque es la única forma de iluminarla.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Secuestro o mascarada

Ayer, una falsa amenaza de bomba formulada por un individuo estrambótico y delirante en un vuelo de Aeroméxico que cubría la ruta de Cancún a esta capital fue convertido, por las autoridades federales y por la mayoría de los medios, en algo parecido a una crisis de seguridad nacional. Se habló, con suma irresponsabilidad, de secuestro aéreo, pese a que el agresor no logró hacerse con el control del avión, los pilotos del aparato no dieron satisfacción ni a la menor de sus exigencias, en ningún momento estuvo en riesgo verosímil la integridad física de nadie y la aeronave cubrió la ruta prevista y en el tiempo planificado.
Sin afán de minimizar el hecho delictivo protagonizado por el predicador de origen boliviano, es claro que el episodio debió ameritar un manejo más discreto y eficiente que la espectacular movilización montada por la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) federal y que de ninguna manera pudo justificar los atropellos cometidos por agentes policiales contra la totalidad de los pasajeros masculinos, los cuales fueron esposados, arrestados e interrogados como sospechosos.
A decir de los pasajeros, nadie a bordo del vuelo 576 se enteró del secuestro hasta que el aparato se encontraba ya en tierra, en su destino final, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, donde aterrizó a tiempo: ese vuelo tiene previsto aterrizar a las 14 horas y a las 14:37 los viajantes y la tripulación ya abandonaban la nave, lo que constituye una demora irrelevante, explicable acaso por los desplazamientos de la aeronave hacia una zona de emergencia, lo cual sugiere que el presunto secuestrador no hizo ningún esfuerzo por retenerlos en rehenes en el aparato y que no hubo ningún contacto de negociación con las autoridades: en suma, todo indica que ni los pilotos ni los jefes policiales en tierra se tomaron en serio la amenaza –posiblemente porque desde un primer momento decidieron confiar en los controles e inspecciones aplicados a los pasajeros en el aeropuerto de Cancún antes del abordaje– y que el episodio fue deliberadamente exagerado y dramatizado, ya fuera para distraer la atención pública de las recientes pifias gubernamentales, para lucimiento personal e institucional del secretario de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna, o con otro propósito. Sea como fuere, resultan deplorables el desfiguro y el afán de causar alarma y desasosiego en la sociedad.
Fuente: La Jornada

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Cuentos y más cuentos

Entrados en todos los tipos posibles de crisis, económica, política, ambiental, de turismo, petrolera, fiscal, y los que se te ocurran, a nuestros representantes en el gobierno solo se les ocurre una cosa: Marearnos con falsos discursos sobre como ha mejorado el país o como lo podemos mejorar.

En Jalisco, Emilio nada más no aprende a callarse, la semana pasada se le ocurrió decir que en el estado estamos mejor... ¿Mejor que quién?, creo que este cuento, respaldado por un estudio del INEGI nadie se lo cree, ni siquiera aquellos que gozan de bonanza económica.
A para colmo hace unos días a Emili se le ocurre decir que sin villa no hay panamericanos, que el PRI no quiere panamericanos y esto se ve apoyado por una campaña de publicidad donde comunicaban que llevaban 15 años luchando por tener unos panamericanos y que nosotros como ciudadanos deberíamos de apoyarlos.
En ese tiempo donde se discutía si se aprobaba o no el macroendeudamiento para la construcción de la misma me surgieron varias preguntas:
  • Si tan fundamental para el desarrollo de los juegos es la Villa panamericana, ¿Porqué no fue el proyecto prioritario antes de hacer otras obras como las del centro y Chapultepec?.
  • ¿Cuánto dinero se habrá pagado por los comerciales que antes mencioné?, ¿No estaría mejor invertido el dinero de la campaña publicitaria sobre la "lucha" por obtener la sede en la construcción de la villa?
  • Si ninguna empresa inmobiliaria privada ha querido arriesgarse siendo socio del proyecto, ¿No les dice algo esto sobre la viabilidad del mismo?.

Pero en el ámbito nacional no estamos mejor, en el cambio de legislatura se les ocurre nombrar a Ramírez Acuña líder de la camára de diputados, que a ser verdad, para eso fue postulado.

Ahora si después de las elecciones, Carstens admite que la crisis le pegó a México y serán necesarios los recortes...Uno de los campos más afectados cultura, un campo intocable, los sueldos y la existencia de mil y un secretarías.

A unos días antes del informe se lanzan spots publicitarios comunicando los logros obtenidos por Calderón, y debo admitir que a pesar de que existe uno que me agrada y el único que veo como un verdadero logro (el referente al mejoramiento de las vías de comunicación), los demás me parecen puros cuentos, palmaditas en la espalda, solo eso, sin embargo es el trabajo del presidente, tratar de comunicarnos algo bueno.

Hoy en lo poco que escuché del informe no encontré nada interesante, lo mismo de cada año, cuentos y más cuentos, que si la lucha contra el narco, que si como vamos a salir de la crisis, que si salud, un llamado a la unión, al cambio, exhortación a la competitividad, etc. etc.

Desgraciadamente no hay mucho que decir, y si lo hay parece que en contubernio con el gobierno los medios de comunicación se empeñan por ocultarlo, suavizarlo o lanzarnos notas que nos distraigan de lo realmente importante.

Tal vez por el momento sólo nos quede escuchar todas los discursos poco interesantes de las autoridades, pero algún día ambos tendremos que enfrentar la realidad.